Una rosa marchita

 

 

Una rosa marchita es el destino del mundo, amor;
el sol ya no la venera, es cierto.
Y, sin embargo, como heroína en un tiempo lejano, continúa blandiendo su bandera.
 
Una rosa marchita es nuestra, amor;
ya nunca de la naturaleza.
Y, sin embargo, continúa llena de luz y de color.
Todavía conserva como en las mañanas primaverales, como en las montañas colombianas, como en los jardines franceses...
La fuerza de la tierra, la belleza de lo natural y la voluntad del que te quiere.
 
Una rosa marchita es la fuerza de la vida, amor;
su belleza muerta reconforta la mirada furtiva de quien la contempla una y otra vez,
queriendo descifrar su origen, queriendo entender su fundamento.
Pero su belleza no se escapa del hombre que la advierte, de la mujer que la descifra,
del amor que la sustenta.
 
¿Quién puede acallar a la naturaleza que le dio vida?
¿Quién debe juzgar al hombre que le dio muerte?
 
Una rosa marchita combina toda la fuerza de la creación divina y de la voluntad humana.
Una rosa marchita establece el orden del mundo e intenta descifrar los laberintos del corazón.
 
Una rosa marchita es siempre un símbolo y un espejismo:
es la representación de un momento, de un lugar, de un deseo…
Es, también, la brevedad de un instante, el ocultar de la historia, la imposibilidad de las palabras…

Una rosa marchita es una ilusión y una aventura:
es el nacimiento de una idea, la conservación de un sentimiento, lo ineludible del espíritu…
Es el comienzo y el fin.
Es la expresión de un sentimiento que pugna en el tiempo repetido del instante y de la mirada,
 buscando recuperar la brevedad del mundo y la inmensidad del deseo y del amor.

Una rosa marchita es mi deseo de existencia, es tu existencia en mi deseo.
 
 

Nantes, Juin 2018
 
 

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