Soy un viejo cuerpo de barro

 

Soy el hombre viejo que se acurruca en el campo,

para pensar, para sentir el viento en la cara y observar.

Soy el tenue arrullo de las hojas que se tocan unas contra otras,

allá en lo alto, cerca al cielo.

 

Hoy ha llegado el otoño,

soy un viejo cuerpo de barro en este bosque otoñal.

 

Camino taciturno por el estrecho sendero que me lleva a cualquier parte.

Veo gente caminar a mi costado,

veo flores marchitas y arbustos que bailan al vaivén;

como musas, como sombras donde la terracota y el amarillo cobre y el café arcilla,

se combinan sin querer.

 

Mis pies son de alabastro y de carmín.

Mis ojos detallan el contorno de la vida y descorren el velo que me tenía encarcelado.

 

Me sumerjo en este río cruel y peligroso.

Me sumerjo desdeñoso; desnudo, solo y cansado.

El lento cauce me conduce hacia su centro.

Allí no hay piedras ni musgo, el agua es cristalina y tibia.

No me muevo, soy un tronco.

Siento la energía que me atrapa.

 

Soy el río.

Soy sus corrientes que dominan;

usurpan mis ojos abiertos, brillantes, como vitrales de brizna y viento.

 

Tres hojas cafés como la arcilla caen en el agua,

y crean un pequeño circulo entrecortado.

En la orilla, los pies de los sauces han formado un lecho.

Dos gaviotas picotean su musgo verde y gris que da a la madera del muelle.

La bastedad del firmamento se encuentra escondida en un colchón uniforme de nubes

que se reflejan en la cara del río.

 

El otoño ha llegado, el viento hace mecer las copas de los árboles en un vaivén hermoso, solemne...

las primeras hojas han caído en el frío espectro de luz.

Soy el barro al fondo del estanque:

mis dedos yermos se confunden con raíces y mi pecho inerte es una roca oscura y musgosa,

mis manos son troncos débiles que se quiebran y se los lleva la corriente.

Los alcanzo a divisar a lo lejos; allá lejos se los lleva el río, desaparecen, durmiendo un largo sueño,

mientras el otoño llega otra vez.

 

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