¡Diáfana, implacable, la oscuridad me acecha!
¡Diáfana, implacable,
la oscuridad me acecha!
Ha vertido en mí su llanto y su silencio;
recordándole a mi alma en pena,
que mis lágrimas se sustentan de
lamento.
¡Diáfana, implacable, la oscuridad me acecha!
Ha reservado en mí su voz queda de plomo y
malva.
Mientras despuntan las frías noches de
este infierno,
su presencia me orienta a la pérdida de mi
alma.
¡Diáfana, implacable, la oscuridad me acecha!
Ha volcado su llanto en los
laberintos de mi melancolía.
Ha forjado el reflejo sombrío de su mirada
traslúcida,
sobre el negro rubor de mi alma herida.
Yo, que he pretendido esconder mi llanto y
mi silencio,
en esquinas onerosas de mi memoria.
Tengo que llorar sobre la faz de mis
palabras
una voz concomitante, embriagada en sombras.
Yo, que he subsanado también sin llanto y sin
silencio
la fractura de la ausencia y de la
espera;
en un camino postergado hecho de fuego y
frío
he preparado en su ausencia el canto de mi
muerte
para nutrir finas y tersas, las raíces del
olvido.
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