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Esto no es un poema en prosa

  ¡Qué dichosa es mi existencia cuando tengo tiempo para vivir! La libertad radica en tener tiempo. Tiempo que a veces se me escapa en actividades superfluas como trabajar, asistir a clases, realizar alguna actividad burocrática, alguna cena esporádica con gente superficial, y un largo etcétera. Detesto todo lo que me impide sentarme a escribir, a leer, a ver una buena película, a salir a caminar y a detenerme a observar cómo el viento hace mecer las copas de los árboles y a percibir con asombro cómo las ramas del árbol vecino no tocan al de aquél que se mece con más fuerza. A veces, durante el tiempo que dedico a vigilar a los estudiantes mientras realizan sus exámenes, observo con detenimiento los mismos árboles que algunos meses atrás estaban desnudos; los percibo verdes, llenos de hojas; de ramas que se entrelazan constantemente y sin ningún orden preestablecido. Observo esas ramas y me pregunto si la naturaleza tiene algún orden o si, por el contrario, el orden es precisamente...

Camino en un lugar maligno donde habitan los ruidos

  Camino en un lugar maligno donde habitan los ruidos,  de cuyo dolor mis oídos claman la bastedad del alma,  y de cuyo dolor la grieta presenta el vacío.    Camino persiguiendo el alba. Sin percibir que atrás va surcando el río,  de los rumores, del corazón y del alma.  Camino en soledad; camino donde quizás ya no hay más camino.   Ando lento, parco, silencioso y cansado. Camino comparando el surco que van dejando mis huellas,  con la aurora, con el abismo y con el frío.    Yermo y sin esperanza,  me miro ante las gentes sin futuro y sin destino.   Miro sus ropas trasegadas y, ellos miran mi ceño fruncido.  Saludo al infame, al ebrio y al hastío.  Me pierdo en la neblina, también en el vacío,  así como se pierde todo aquello que nace de mi pensar sombrío. 

Soy un viejo cuerpo de barro

  Soy el hombre viejo que se acurruca en el campo, para pensar, para sentir el viento en la cara y observar. Soy el tenue arrullo de las hojas que se tocan unas contra otras, allá en lo alto, cerca al cielo.   Hoy ha llegado el otoño, soy un viejo cuerpo de barro en este bosque otoñal.   Camino taciturno por el estrecho sendero que me lleva a cualquier parte. Veo gente caminar a mi costado, veo flores marchitas y arbustos que bailan al vaivén; como musas, como sombras donde la terracota y el amarillo cobre y el café arcilla, se combinan sin querer.   Mis pies son de alabastro y de carmín. Mis ojos detallan el contorno de la vida y descorren el velo que me tenía encarcelado.   Me sumerjo en este río cruel y peligroso. Me sumerjo desdeñoso; desnudo, solo y cansado. El lento cauce me conduce hacia su centro. Allí no hay piedras ni musgo, el agua es cristalina y tibia. No me muevo, soy un tronco. Siento la energía que me a...

Una rosa marchita

    Una rosa marchita es el destino del mundo, amor; el sol ya no la venera, es cierto. Y, sin embargo, como heroína en un tiempo lejano, continúa blandiendo su bandera.   Una rosa marchita es nuestra, amor; ya nunca de la naturaleza. Y, sin embargo, continúa llena de luz y de color. Todavía conserva como en las mañanas primaverales, como en las montañas colombianas, como en los jardines franceses... La fuerza de la tierra, la belleza de lo natural y la voluntad del que te quiere.   Una rosa marchita es la fuerza de la vida, amor; su belleza muerta reconforta la mirada furtiva de quien la contempla una y otra vez, queriendo descifrar su origen, queriendo entender su fundamento. Pero su belleza no se escapa del hombre que la advierte, de la mujer que la descifra, del amor que la sustenta.   ¿Quién puede acallar a la naturaleza que le dio vida? ¿Quién debe juzgar al hombre que le dio muerte?   Una rosa marchita combina toda la fuerza de la creación divina y...

¡Diáfana, implacable, la oscuridad me acecha!

  ¡Diáfana, implacable, la oscuridad me acecha! Ha vertido en mí su llanto y su silencio;  recordándole a mi alma en pena,  que mis lágrimas se sustentan de lamento. ¡Diáfana, implacable, la oscuridad me acecha! Ha reservado en mí su voz queda de plomo y malva. Mientras despuntan las frías noches de este infierno, su presencia me orienta a la pérdida de mi alma. ¡Diáfana, implacable, la oscuridad me acecha! Ha volcado su llanto en los laberintos de mi melancolía. Ha forjado el reflejo sombrío de su mirada traslúcida, sobre el negro rubor de mi alma herida. Yo, que he pretendido esconder mi llanto y mi silencio, en esquinas onerosas de mi memoria.  Tengo que llorar sobre la faz de mis palabras  una voz concomitante, embriagada en sombras. Yo, que he subsanado también sin llanto y sin silencio  la fractura de la ausencia y de la espera; en un camino postergado hecho de fuego y frío he preparado en su ausencia el can...