Esto no es un poema en prosa

 

¡Qué dichosa es mi existencia cuando tengo tiempo para vivir! La libertad radica en tener tiempo. Tiempo que a veces se me escapa en actividades superfluas como trabajar, asistir a clases, realizar alguna actividad burocrática, alguna cena esporádica con gente superficial, y un largo etcétera. Detesto todo lo que me impide sentarme a escribir, a leer, a ver una buena película, a salir a caminar y a detenerme a observar cómo el viento hace mecer las copas de los árboles y a percibir con asombro cómo las ramas del árbol vecino no tocan al de aquél que se mece con más fuerza. A veces, durante el tiempo que dedico a vigilar a los estudiantes mientras realizan sus exámenes, observo con detenimiento los mismos árboles que algunos meses atrás estaban desnudos; los percibo verdes, llenos de hojas; de ramas que se entrelazan constantemente y sin ningún orden preestablecido. Observo esas ramas y me pregunto si la naturaleza tiene algún orden o si, por el contrario, el orden es precisamente ése: el de no tener aparentemente ninguna disposición. Y, sin embargo, ese hecho convierte lo natural en algo provisto de belleza; y a veces, me pregunto si podré describir la naturaleza. O, quizás, lo que me interesa es encontrar las herramientas necesarias para describir lo natural dentro de mis relatos como algo más que significativo: algo cotidiano y que por lo mismo sea fundamental en mi estética. Observo ese afuera que se me escapa y observo esta cárcel que es mi trabajo y los estudiantes y sus deberes sin sentido y, pienso que mis horas se me escapan… ¡Qué vida malgastada! Me grito mientras observo la lluvia que viene de caer sobre el vitral… Miro a mis estudiantes sin vida y miro a la vegetación que se mece sin cesar como bailando y me creo muerto y los creo muertos. ¡Qué vida antinatural la que llevamos! Las horas pasan sin tregua y yo termino mi jornada y salgo contento. También cansado. Miro al horizonte y veo naturaleza por todos lados. Me entran las ganas de acostarme en el pasto y dormir un sueño en el que soy un pájaro o un insecto que recorre este basto bosque de mundo donde todo es inmensidad atemporal. De repente el claxon de un bus me despierta de este sueño animal donde lo soy todo y, con todo y ello, soy feliz. Ya me dirijo al café donde podré ser yo y mi vida. Allí puedo escribir y leer sin que nadie me moleste con sus preguntas inoportunas. Es un espacio escondido y solitario de cualquier barrio de cualquier ciudad de un país cualquiera. Allí puedo escribir mis pensamientos y convertirlos en lo que aparentan ser versos:

 

A menudo pienso en un animal pequeño gobernando este mundo cruel.

¡Qué grande sería la amiga hormiga obrera hablándonos feliz de sus jornadas sin tiempo!

Mientras nosotros sus gigantes, racionales, la miramos con asombro

porque nuestras creaciones nos han obligado a ser infelices,

en este mundo construido por la superficialidad del futuro que nos gobierna y nos destruye.

 

El cuervo se reiría de nosotros, dejo y cruel,

pues su inteligencia animal sabría bien descubrir en nuestros ojos la tristeza

del que ha olvidado en la instrumentalización del saber, la sabiduría del azul del cielo

 y el olor de la pradera que despierta cada mañana bañada en rocío.

 

El cuervo quizás nos gritaría desde la copa de un árbol:

¡Salid juventud del eterno futuro, viejos de experiencia del no vivir!

¡Despertaos ya, hijos del viento y de las aguas!

 ¡Escapad de esos raros objetos que habéis creado bajo la premisa y la falsedad del dios en sí mismos!

Pienso en un pez azul y violeta que nos vigila con sigilo y extrañeza,

mientras el falso marinero ya no pregona ese amor por las profundidades

y ese respeto por lo desconocido.

 

El pez sabe cómo se han acabado los días

en los que el hombre tenía fascinación por sus primas hermanas las sirenas…

Nuestro amigo el pez ya no se siente tan libre en estas aguas contaminadas

por la vida creativa del hombre muerto por lo antinatural.

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